REVELACIÓN DEL ORDEN CORRECTO DE LA PROFECÍA APOCALIPSIS. EL VERDADERO APOCALIPSIS DE DIOS.

REVELACIÓN DEL ORDEN CORRECTO DE LA PROFECÍA APOCALIPSIS. EL VERDADERO APOCALIPSIS DE DIOS.

Una Profecía consiste en un mensaje enviado por un ser divino o esencia divina (deidad), a los seres humanos a través de un intermediario o profeta.

Este mensaje contiene una referencia de acontecimientos que se han de producir en el futuro.

Una Profecía en su sentido más amplio, comprende augurios, adivinación y oráculos, que son técnicas utilizadas a la voluntad de Dios.

La profecía bíblica consiste en el cumplimiento de la proyección de precedentes bíblicos profetizados en la santa biblia por sus pofetas, los cuales se cumplirran en un fututo por intervención givina en circunstancias de modo (IGUAL), pero de tiempo y lugar distintos.

El modo de la profecía será igual, pero el tiempo de su cumplimiento y el lugar serán distintos, cumpliendose la profecía exacta y perfectamente como lo predijo el profeta trasmitido a él por Dios.

Un profeta es un individuo elegido por Dios, a menudo en contra de su voluntad, a quien Dios mediante sus misterios le trasmite sus designios futuros con el fin de que dicho profeta revele las intenciones y los planes divinos de intervención a la humanidad.

Como portador de la revelación el profeta siente la omnipresente presencia de Dios y recibe la fuerza suficiente para comunicar a otros su palabra, incluso aunque ello pueda acarrearle la persecución, el sufrimiento y la muerte.

REVELACIÓN: La Profecía Apocalipsis se encuentra transcrita en la Sagrada Biblia y es el último libro del Nuevo Testamento.

REVELACIÓN: Consta de veintidós (22) Capítulos, los cuales se dividen a su vez en Cuatrocientos Cinco (405) Versículos.

REVELACIÓN: Se denomina: “Apocalipsis o Revelación”, ambos nombres tienen su origen en la primera palabra de la obra en el original griego Apokalypsis, ('Revelación').

REVELACIÓN: Cuando se habla del Apocalipsis, ello significa que es Revelación.

REVELACIÓN: El autor de la Profecía Apocalipsis es Dios, y sus protagonistas son:

1.- Dios mismo,
2.- Satanás,
3.- Los Ángeles de Dios,
4.- El Anticristo,
5.- El Falso Profeta,
6.- Jesucristo,
7.- La Iglesia,
8.- Los 144.000 elegidos, y
9.- La humanidad.

REVELACIÓN: Para muchos estudiosos de La Profecía Apocalipsis ha sido imposible comprender, entender y descifrar La Profecía Apocalipsis contenida en el Nuevo Testamento de la Santa Biblia.

REVELACIÓN: La Profecía Apocalipsis está totalmente llena de parábolas literarias, sinónimos, significaciones y representaciones que solo Dios y sus ángeles podían descifrar y dar a conocer en su momento justo.

REVELACIÓN: La Profecía Apocalipsis fue dada a conocer por Cristo a Juan aproximadamente en el año 90 Después de Cristo en la isla de Patmos, o sea, la Profecía Apocalipsis estaba a disposición de la humanidad hace más de 1.900 años, tiempo este en que nadie, absolutamente nadie en la tierra durante todos los tiempos transcurridos ha podido descifrar e interpretar correctamente La Profecía Apocalipsis.

REVELACIÓN: La gran mayoría de los estudiosos de La Biblia y la profecía apocalipsis que pretendieron analizar, comprender e interpretar La Profecía Apocalipsis, optaron en definitiva por dejarla a un lado y manifestar y dejar establecido que La Profecía Apocalipsis era un libro cerrado y/o sellado.

Al leerse la Profecía Apocalipsis, resulta ser que es una profecía NO ENTENDIBLE, TOTALMENTE OSCURA Y CERRADA, la cual no se puede comprender.

REVELACIÓN: Al ser DIOS el autor de la profecía apocalipsis, es evidente que la misma debe ser clara, abierta y entendible a todo ser, incluso entendible para los niños, pues está dirigida al género humano.

REVELACIÓN: La oscuridad e inentendibilidad de la profecía apocalipsis, llevó a concluir que la misma había sido manipulada y cambiada en el orden de sus capítulos y versículos.

REVELACIÓN: Para que no se cambiara la profecía en la manipulación, los que hicieron el cambio, incluyeron en el capitulo XXII, versículo 18 de La Profecía Apocalipsis, la advertencia de que si alguno se atreve a añadir algo a la profecía, Dios echaría sobre él todas las plagas descritas en La Profecía Apocalipsis.

REVELACIÓN: Asimismo incluyeron en el capitulo XXII, versículo 19 de la Profecía Apocalipsis, que si alguno quita algo a las palabras de La Profecía Apocalipsis, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la Ciudad Santa descritos en la profecía.

REVELACIÓN: RESPETANDO LAS ADVERTENCIAS, (sin añadir ni quitar nada, lo cual no es faltar a las advertencias señaladas), se organizó correctamente, como en un principio a la Profecía Apocalipsis, quedando el resultado de la Profecía CLARA, ABIERTA Y ENTENDIBLE a todo ser humano, incluso a niños.

REVELACIÓN: A continuación, se presenta el resultado:

CAPITULO I:

Esta es la Revelación de Jesucristo, la cual recibió de Dios su padre, para que enseñara a sus siervos lo que va a suceder pronto, trasmitiéndola a su iglesia, mediante su servidor Juan, el cual ha dado testimonio de ser palabra de Dios y testimonio solemne de Jesucristo, de todo cuanto ha visto.

Yo Juan, hermano de ustedes, compañero en la tribulación y en el reino de los cielos y en la tolerancia por Cristo Jesús, me encontraba en la isla de Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio que daba de Jesús.

Un día del Señor, se apoderó de mí su Espíritu y oí a mis espaldas una voz que sonaba como trompeta: que decía:

«Escribe en un libro lo que veas y envíalo a las siete Iglesias:

A Efeso, Esmirna, Pergamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.»

Me volví para ver quién me hablaba y detrás de mí habían siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros de oro vi como a un hijo de hombre, vestido con una túnica que le llegaba hasta los pies, ceñido a la altura del pecho con un cinturón de oro.

Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos parecían llamas de fuego; sus pies eran como bronce pulido acrisolado en el horno; su voz resonaba como estruendo de grandes olas.

En su mano derecha tenía siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de doble filo, y su rostro era resplandeciente como el sol cuando está en su máximo esplendor.

Al verlo, caí como muerto a sus pies; pero me tocó con la mano derecha y me dijo: «No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive, estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y de su reino.

Escucha el significado de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha y de los siete candeleros de oro:

Las siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros son las siete Iglesias.»

CAPITULO II

Juan, a las siete Iglesias de Asia.

Reciban gracia y paz de parte de aquel que es, que era y que viene, y de parte de los siete espíritus que están ante su trono.

Escribe al ángel de la Iglesia que está en Efeso:

Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y camina en medio de los siete candeleros de oro:

Conozco tus obras, tus dificultades, tu perseverancia, tu trabajo.

Sé que no puedes tolerar a los malos y que pusiste a prueba a los que se llaman a sí mismos apóstoles y los hallaste mentirosos, se que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre sin desanimarte, pero tengo algo en contra tuya, y es que has perdido tu amor hacia el prójimo.

Date cuenta pues de dónde has caído, recupérate y vuelve a lo que antes sabías hacer, arrepiéntete; de lo contrario iré donde ti y cambiaré tu candelero de su lugar.

Eso haré si no haces penitencia.

Pero ya es algo positivo que rechaces la conducta de los Nicolaítas, que yo también aborrezco.

El que tenga oídos, escuche este mensaje que el Espíritu de Cristo dice a las Iglesias:

«Al vencedor, yo le daré de comer del árbol de la vida, que está en medio del Paraíso de Dios.»

Escribe al ángel de la Iglesia de Esmirna:

Así habla el Primero y el Último, el que estuvo muerto y volvió a la vida.

Sé que sufres y eres pobre, y sin embargo, eres rico en gracia y santidad.

Sé cómo te calumnian los que pretenden ser judíos y no lo son, pues su sinagoga es la de Satanás.

No tengas miedo por lo que vas a padecer.

El diablo meterá a algunos de ustedes en la cárcel para ponerlos a prueba y tentarlos en la fe.

Serán días de prueba.

Permanece fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida eterna.

El que tenga oídos, escuche este mensaje del Espíritu de Cristo a las Iglesias:

«El vencedor no tiene nada que temer de la muerte segunda.»

Escribe esto al ángel de la Iglesia de Pergamo:

Así habla el que tiene la espada aguda de doble filo:

Sé dónde vives, y ahí está el trono de Satanás.

Te aferras firmemente a mi nombre y no has renegado de tu fe, aún en aquellos días en que Antipas, mi fiel testigo, fue martirizado entre vosotros en esa tierra de Satanás.

Pero tengo algo contra ti: toleras a los que tienen la doctrina de Balaán, los que enseñaron al rey Balac a hacer tropezar a los hijos de Israel para que cayesen en pecado comiendo las carnes sacrificadas de los ídolos y cometieran fornicación y prostitución, pues así tienes tu también a los que siguen la doctrina de los Nicolaítas, ahí donde ti.

Por lo mismo, arrepiéntete, pues si no, iré pronto donde ti para combatir a esa gente con la espada de mi boca.

El que tenga oídos, oiga este mensaje del Espíritu de Cristo a las Iglesias:

«Al vencedor le daré un maná misterioso.

Le daré también una piedrecita blanca con un nombre nuevo grabado en ella, que sólo conocerá el que lo recibe.»

CAPITULO III

Escribe al ángel de la Iglesia de Tiatira:

Así habla el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego, y cuyos pies parecen bronce pulido acrisolado:

Conozco tus obras, tu amor, tu fe, y tu caridad.

Sé que tu perseverancia y tus obras últimas son más numerosas y superiores que las primeras.

Pero tengo contra ti, que dejas actuar a cierta mujer Jezabel, esa mujer que se llama a sí misma profetisa, que enseña y seduce a los siervos de Dios y los hace descarriar, pues se prostituyen y comen carnes sacrificadas de los ídolos.

Le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere dejar su prostitución.

Por eso, ahora la voy a reducir a una cama; y a los que cometan adulterio con ella, a no ser que se arrepientan de sus maldades, se verán en grandísima aflicción.

Y a sus hijos y sus secuaces los entregaré a la muerte, así entenderán todas las Iglesias que yo soy el que escudriña el corazón y la mente de todos, dando a cada uno su merecido según sus obras.

Entre tanto os digo a vosotros: y a los que habitan en Tiatira:

A cuantos no siguen está doctrina y no han conocido de las honduras de Satanás, o las profundidades como ellos llaman; que no los entregaré a la muerte, pues no han conocido sus «misterios» como ellos dicen, que son los misterios de Satanás.

Pero mantengan bien aquello que tienen recibido de Dios, hasta que yo venga a pediros cuenta.

Y al que hubiere vencido y observado hasta el fin mis obras y mandamientos, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro y las quebrará como vasos de barro.

Conforme al poder que yo tengo recibido de mi padre, le daré también el lucero de la mañana.

El que tenga oídos, oiga este mensaje del Espíritu de Cristo a las Iglesias.

Escribe al ángel de la Iglesia de Sardes:

Así habla el que tiene a su mandar a los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras, te creen vivo, pero estás muerto.

Despiértate y reanima en ti lo que todavía no ha muerto, pues tus obras me parecen muy mediocres en presencia de mi Dios.

Recuerda lo que recibiste, oíste y aprendiste; ponlo en práctica y arrepiéntete, porque si no te mantienes despierto, vendré como un ladrón sin que sepas a qué hora te sorprenderé.

Tengo sin embargo los nombres de unos pocos de Sardes que no mancharon sus ropas; esos me acompañarán vestidos de blanco porque se lo merecen.

El vencedor vestirá de blanco. Nunca borraré su nombre del libro de la vida, sino que proclamaré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles de mi padre Dios.

El que tenga oídos, escuche este mensaje del Espíritu de Cristo a las Iglesias.

CAPITULO IV

Escribe al ángel de la Iglesia de Filadelfia: Así habla el Santo, el Verdadero, el que guarda la llave del nuevo reino de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir:

Conozco tus obras, he abierto ante tus ojos una puerta que nadie podrá cerrar, porque aunque tú tienes poca fuerza, o virtud con todo, has guardado mi palabra y no has renegado de mí.

Voy a tomar a algunos de la sinagoga de Satanás, de esos que se llaman judíos y no lo son, sino que mienten.

Yo haré que vayan y se postren a tus pies, porque habrán visto que yo te amo.

Ya que has guardado mis palabras que ponen a prueba la constancia; yo te protegeré en la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero, y que probará a los habitantes de la tierra.

Mira que vengo pronto, mantén con firmeza lo que tienes de bueno en tu alma, no sea que otro se lleve tu corona.

Al vencedor, lo pondré como columna en el Templo de mi Dios, de donde nadie lo sacará. Grabaré en él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad que baja del cielo de mi Dios, la nueva Jerusalén, y el nombre mío nuevo.

El que tenga oídos, oiga este mensaje del Espíritu de Cristo a las Iglesias.

Escribe al ángel de la Iglesia de Laodicea:

Esto dice la misma verdad, el amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios.

Conozco tus obras:

No eres ni frío ni caliente.

¡Ojala fueras frío o caliente!

Pero porque eres tibio, y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca.

Tú piensas:

Soy rico, tengo de todo, nada me falta.

Y no te das cuenta de que eres un infeliz, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.

Te aconsejo que compres de mi el oro refinado para que te hagas rico, y te vistas de ropas blancas para que te cubras y no tengas que avergonzarte de tu desnudez, y unge con colirio tus ojos para que veas.

Yo reprendo y corrijo a los que amo.

Vamos, anímate y conviértete, arrepiéntete.

Mira que estoy a la puerta de tu corazón y llamo:

Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en él y comeré con él y él conmigo.

Al vencedor lo sentaré junto a mí en mi trono, del mismo modo que yo, después de vencer, me senté junto a mi Padre en su trono.

El que tenga oídos, oiga este mensaje del Espíritu a las Iglesias.

CAPITULO V:

Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí que hablaba conmigo como de trompeta me dijo:

«Sube aquí y te mostraré lo que va a suceder en adelante.»

En ese mismo momento fui arrebatado en espíritu y vi un trono colocado en el cielo, y uno sentado en el trono.

El que estaba sentado parecía a una piedra de jaspe y cornalina, y un arco iris de color esmeralda rodeaba al trono.

Veinticuatro sillones rodeaban el trono, y en ellos estaban sentados veinticuatro ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro en la cabeza.

Del trono salían relámpagos, voces y truenos.

Ante el trono estaban siete antorchas ardiendo, que son los siete espíritus de Dios.

Y en frente del trono había como un mar transparente de vidrio como cristal.

Y en el medio del espacio donde estaba el trono y alrededor de él, cuatro animales llenos de ojos por delante y por detrás.

El primer animal se parecía a un león, el segundo a un becerro, el tercero tenía un rostro como de hombre, y el cuarto era como un águila en vuelo.

Cada uno de los cuatro animales tenía seis alas llenas de ojos alrededor y por dentro, y no cesaban de repetir día y noche:

Santo, santo, santo, es el Señor Dios, el Todopoderoso, aquel que era, que es, y que viene.

Cada vez que los cuatro animales daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se arrodillan ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas delante del trono diciendo: digno eres, oh señor Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, pues tú lo mereces.

Tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.

CAPITULO VI:

Escribe pues lo que veras, tanto las cosas presentes, como las cosas que han de suceder después.

Y vi a siete ángeles que están de pie delante de Dios, y se les entregaron siete trompetas.

Otro ángel vino y se paró delante del altar con un incensario de oro y se les dieron muchos perfumes compuestos de las oraciones de todos los santos para que los ofreciese sobre el altar de oro colocado delante del trono.

Y el humo de los perfumes o aromas encendidos con las oraciones de los santos, se elevó de las manos del ángel hasta la presencia de Dios.

Después, el ángel tomó su incensario, lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra:

Hubo tremendos truenos, relámpagos y terremotos.

Entretanto, los siete ángeles de las siete trompetas se prepararon para tocar.

Tocó el primero, y se produjo granizo y fuego mezclado con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra:

Se quemó la tercera parte de la tierra, la tercera parte de los árboles ardió y toda la hierba verde se abrasó.

Tocó el segundo ángel su trompeta, y algo así como un inmenso cerro fue echado al mar: la tercera parte del mar se convirtió en sangre, la tercera parte de los seres que viven en el mar pereció y un tercio de los navíos naufragó.

Tocó el tercer ángel su trompeta, y una estrella grande, que parecía un globo de fuego, cayó del cielo sobre la tercera parte de los ríos y de los manantiales de agua.

La estrella se llama Ajenjo.

La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió a causa de las aguas que se habían vuelto amargas.

Tocó el cuarto ángel su trompeta, y quedó afectada la tercera parte del sol, de la luna y de las estrellas; perdieron un tercio de su claridad, la luz del día disminuyó un tercio, y lo mismo la de la noche.

Y mi visión continuó: oí a un águila que volaba por lo más alto del cielo y que decía con voz potente:

«¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra cuando resuene el sonido de las trompetas que los tres últimos ángeles van a tocar!»

CAPITULO VII:

Y el quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo en la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo.

Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como el humo de un gran horno; y oscureciese el sol y el aire por el humo del pozo.

Y del humo salieron langostas sobre la tierra, y les fue dada potestad, como tienen potestad los escorpiones de la tierra.

Y les fue mandado que no hiciesen daño a la hierba de la tierra, ni a ninguna cosa verde, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tienen la señal de Dios en sus frentes.

Y le fue dado que no los matasen, sino que los atormentasen cinco meses, y su tormento era como tormento de escorpión, cuando hiere al hombre.

Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte huirá de ellos.

Y el parecer de las langostas era semejante a caballos aparejados para la guerra: y sobre sus cabezas tenían como coronas semejantes al oro, y sus caras como caras de hombres.

Y tenían cabellos como cabellos de mujeres, y sus dientes eran como dientes de leones.

Y tenían corazas como corazas de hierro, y el estruendo de sus alas como el ruido de carros que con muchos caballos corren a la batalla.

Y tenían colas semejantes a las de los escorpiones, y tenían en sus colas aguijones, y su poder era de hacer daño á los hombres cinco meses.

Y tienen sobre sí por rey al ángel del abismo, cuyo nombre en hebraico es Abaddon, y en griego Apollyon.

El primer ¡Ay! es pasado:

He aquí, vienen aún dos ayes después de estas cosas.

Y el sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz de los cuatro ángulos del altar de oro que estaba delante de Dios diciendo al sexto ángel que tenía la trompeta:

Desata los cuatro ángeles que están atados en el gran río Eúfrates.

Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban aparejados para la hora y día y mes y año, para matar la tercera parte de los hombres.

Y el número del ejército de los de a caballo era doscientos millones.

Y oí el número de ellos.

Y así vi los caballos en visión, y los que sobre ellos estaban sentados, los cuales tenían corazas de fuego, de jacinto, y de azufre.

Y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de la boca de ellos salía fuego y humo, y azufre.

De estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los hombres: del fuego, del humo, y del azufre que salían de la boca de ellos.

Porque su poder está en su boca y en sus colas:

Porque sus colas eran semejantes a serpientes, y tenían cabezas, y con ellas dañan.

Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, aún no se arrepintieron de las obras de sus manos, para que no adorasen a los demonios y a las imágenes de oro, de plata, de metal, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar:

Y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.

CAPITULO VIII:

Y vi otro ángel fuerte descender del cielo, revestido de una nube y un arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego.

Y tenía en su mano un librito abierto: y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra, y clamó con gran voz, como cuando un león ruge; y cuando hubo clamado, siete truenos articularon sus voces.

Y cuando los siete truenos hubieron articulado sus voces, yo iba a escribir, y oí una voz del cielo que me decía:

Sella o reserva en tu mente las cosas que los siete truenos han hablado, y no las escribas.

Y el ángel que vi estar sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano al cielo, y juró por el que vive para siempre jamás, que ha creado el cielo, y las cosas que están en él, y la tierra, y las cosas que están en ella, y el mar, y las cosas que están en él; que ya no habrá más tiempo.

Pero en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comenzare a tocar la trompeta, el misterio de Dios será consumado, según lo tiene anunciado por sus siervos los profetas.

Y la voz que oí del cielo hablaba otra vez conmigo y decía:

Ve, y toma el librito abierto de la mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra.

Y fui al ángel diciéndole que me diese el librito, y él me dijo:

Toma, y trágalo, y él te hará amargar tu vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.

Y tomé el librito de la mano del ángel, y lo devoré; y era dulce en mi boca como la miel; y cuando lo hube devorado, fue amargo mi vientre.

Y él me dice: Necesario es que otra vez profetices a muchos pueblos, y gentes, y lenguas, y reyes.

El segundo ¡Ay! ya pasó.

El tercero está para llegar enseguida.

Tocó el séptimo ángel su trompeta; entonces resonaron grandes voces en el cielo:

«Ahora el mundo ha pasado a ser reino de nuestro Dios y de su Cristo.

Sí, reinará por los siglos de los siglos.»

Los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios se postraron para adorar a Dios, diciendo:

Te damos gracias, Señor Dios, Todopoderoso, el que eres y que eras, porque has empezado a reinar, valiéndote de tu poder invencible.

Las naciones se habían enfurecido, pero tu enojo las sorprendió; ha llegado el momento de juzgar a los muertos, de premiar a tus siervos los profetas, a tus santos y a cuantos honran tu Nombre, ya sean grandes o pequeños, y de destruir a los que destruyen la tierra.

Entonces se abrió el Santuario de Dios en el Cielo y pudo verse el arca de la Alianza de Dios dentro del Santuario.

Se produjeron relámpagos, fragor y truenos, un terremoto y una fuerte granizada.

CAPITULO IX:

Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz.

Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra.

El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto naciera.

Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro, pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras, la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado.
Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.

Entonces se desató una batalla en el cielo:

Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón.

Lucharon el dragón y sus ángeles, pero el dragón y sus Ángeles no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo.

El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Oí entonces una fuerte voz en el cielo que decía:

Por fin ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios, y la soberanía de su Ungido.

Pues echaron al acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche ante nuestro Dios.

Ellos lo vencieron con la sangre del Cordero y con su palabra y con su testimonio, pues hablaron sin tener miedo a la muerte.

Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos.

Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.

Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón.

Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo.

Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer.

Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado.

Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Cristo Jesús.
Y se quedó a orillas del mar.

CAPITULO X:

Entonces vi una bestia que subía del mar; la cual tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre los cuernos diez coronas, y en las cabezas un título que ofende a Dios.

La bestia que vi se parecía a un leopardo, y sus patas eran como las de un oso y su boca como de un león.

El dragón le entregó su fuerza y su gran poder.

Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero su llaga mortal se le curó.

Entonces toda la tierra se maravilló y fue en pos de la bestia.

Se postraron ante el dragón que había entregado el poderío a la bestia, y se postraron también ante la bestia, diciendo:

«¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede lidiar con ella?»

Se le concedió hablar en un tono altanero que desafiaba a Dios, se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos.

Abrió, pues, su boca para insultar a Dios, insultar su Nombre y su santuario, y de los que habitan en el cielo.

Se le concedió ejercer su poder durante cuarenta y dos meses y se le concedió autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación.

Y la van a adorar todos los habitantes de la tierra, todos aquellos cuyos nombres no están inscritos desde la creación del mundo en el libro de la vida del Cordero degollado.

El que tenga oídos para oír, que oiga:

«El que está destinado a la cárcel, a la cárcel irá; el que está destinado a morir a espada, a espada morirá.»

Aquí está el motivo de la perseverancia y de la fe que tienen los santos.

Vi luego otra bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos de cordero, pero hablaba como un dragón.

Está segunda bestia está al servicio de la primera, y dispone de todo su poder y autoridad; hace que la tierra y todos sus habitantes adoren a la primera bestia, cuya herida mortal ha sido curada.

Realiza grandes prodigios, incluso hace descender fuego del cielo a la tierra en presencia de toda la gente.

Por medio de estos prodigios que le ha sido concedido obrar al servicio de la bestia, engaña a los habitantes de la tierra y los persuade a que hagan una imagen en honor de la bestia que, después de ser herida por la espada, revivió.

Se le concedió dar vida a la estatua de la bestia, hasta el punto de hacerla hablar y que fueran exterminados todos los que no la adorasen.

A este fin, hará que todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se pongan una marca o sello en la mano derecha o en la frente; y que ninguno pueda comprar o vender si no está marcado con el nombre de la bestia o con la cifra de su nombre.

El que tenga inteligencia que calcule el número de la bestia, porque su número es el que forman las letras del primer nombre de un hombre, y el número de la bestia dará seiscientos sesenta y seis (666).

CAPITULO XI:

Luego vi a otro ángel que volaba por lo alto del cielo, trayendo la buena nueva definitiva, la que tenía que anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo.

Gritaba con fuerza:

«Rindan a Dios gloria y honor, porque ha llegado la hora de su juicio.

Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales de agua.»

Lo siguió otro ángel gritando:

«Cayó, cayó Babilonia la Grande, la prostituta que servía su vino capcioso a todas las naciones y las emborrachaba con su desatada prostitución.»

Un tercer ángel pasó después, clamando con voz fuerte:

«Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y se deja marcar la frente o la mano, tendrá que beber también el vino de la ira de Dios, que está preparado, de aquel vino puro preparado en el cáliz de la cólera divina, y ha de ser atormentado con fuego y azufre a vista de los santos ángeles y en la presencia del Cordero.»

No hay reposo, ni de día ni de noche, para los que adoran a la bestia y a su imagen, ni para quienes se dejan marcar con la marca de su nombre. El humo de su tormento se eleva por los siglos de los siglos.

Este es el tiempo de aguantar para los santos, para todos aquellos que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.
Entonces oí una voz que decía desde el cielo:

«Escribe esto:

Felices desde ahora los muertos que mueren en el Señor.

Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, pues sus obras los acompañan.»

Después de esto vi bajar del cielo a otro ángel.

Era tan grande su poder, que toda la tierra quedó iluminada por su resplandor.

Gritó con voz potente:

«¡Cayó, cayó la Gran Babilonia! Se ha convertido en guarida de demonios, en refugio de espíritus inmundos, en nido de aves impuras y asquerosas; porque con el vino de sus prostituciones han emborrachado todas las naciones; los reyes de la tierra pecaron con ella, y los comerciantes del mundo se hicieron ricos con ella, pues era buena para gastar.»

Oí otra voz que venía del cielo y decía:

«Aléjate de ella, pueblo mío, no sea que te hagas cómplice de su maldad y tengas que compartir sus castigos; porque sus pecados se han apilado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus maldades.

Devuélvanle según ella ha dado, páguenle el doble de lo que ha hecho, Viértanle doble medida de lo que ella daba de beber.
Que sufra tantos tormentos y penas como fueron su orgullo y su lujo.

Se dice a sí misma:

¡Dominé como reina, no soy viuda, nunca conoceré el lamento.

Por eso, y en un solo día, caerán sobre ella sus plagas:

Muerte,

lamentos

hambre, y quedará consumida por el fuego;

pues poderoso es su juez, que es Dios, el Señor.»

Llorarán y harán duelo por ella los reyes de la tierra que con ella se acostaban y lo pasaban bien, cuando vean la humareda de su incendio.

Se detendrán a distancia aterrados ante su suplicio y exclamarán:

«¡Ay, ay de la gran Ciudad de Babilonia, ciudad poderosa, que en una hora te arrasó el juicio!»

Llorarán y se lamentarán por ella los comerciantes de la tierra, porque ya no hay quien compre sus mercaderías:

Sus cargamentos de oro, plata, piedras preciosas y perlas; telas de lino fino y púrpura, vestidos de seda y escarlata; maderas perfumadas, objetos de marfil y muebles muy costosos; bronce, hierro y mármol; especias, perfumes, mirra e incienso; vino y aceite, harina y trigo, vacunos y corderos, caballos y carruajes, esclavos y mercadería humana.

Dirán:

«Ya no verás más las frutas que ansiabas.

Se acabó para ti el lujo y esplendor, y jamás volverán.»

Los que traficaban con estas cosas y con ella se enriquecían, se mantendrán a distancia horrorizados por su castigo. Llorando y lamentándose dirán a gritos:

«¡Ay, ay, de la Gran Ciudad, la que se vestía de lino, púrpura y escarlata, y resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas!.

¡En una hora se acabó tanta riqueza!» Todos los capitanes, navegantes, marineros y cuantos se ocupan en los trabajos del mar, se detuvieron a distancia y gritaron al contemplar la humareda de su incendio: «¿Dónde se ha visto jamás ciudad como ésta?»

Y echando polvo sobre su cabeza, decían llorando y lamentándose:
«¡Ay, ay de la Gran Ciudad, donde se hicieron muy ricos, gracias a su lujo, cuantos tenían naves en el mar! ¡En una hora ha quedado devastada!»

¡Alégrense por ella, cielos, y también ustedes los santos, los apóstoles y los profetas! Porque Dios les ha hecho justicia y le hizo pagar.

Después oí en el cielo algo como el canto de un inmenso gentío, que decía:

¡Aleluya! ¿Quién salva y quién tiene gloria y poder sino nuestro Dios?

Sus juicios son verdaderos y justos, ha condenado a la gran prostituta que corrompía la tierra con su inmoralidad y le ha hecho pagar la sangre de sus servidores.

Y volvieron a clamar: ¡Aleluya! De ella sube humo por los siglos de los siglos.

Entonces los veinticuatro ancianos y los cuatro animales se postraron adorando a Dios, que está sentado en el trono, diciendo: Amén, aleluya.

Y salió del trono una voz que decía: «Alaben a nuestro Dios, todos sus servidores, todos los que honran a Dios, pequeños y grandes.»

CAPITULO XII:

Después me entregaron una vara de medir, diciéndome:

«Vete, mide el Templo de Dios y el altar, y haz el censo de los que vienen a adorar.

No midas el patio exterior ni lo tomes en cuenta, pues ha sido entregado a los paganos, quienes pisotearán la Ciudad Santa durante cuarenta y dos meses.

Yo enviaré a mis dos testigos vestidos con ropa de penitencia, para que proclamen mi palabra durante mil doscientos sesenta días.

Estos son los dos olivos y dos candeleros que están ante el Dueño de la tierra.

Si alguien intenta hacerles mal, saldrá de su boca fuego y devorará a sus enemigos; así perecerá el que intente maltratarlos.»

Tienen poder para cerrar el cielo y que no caiga lluvia mientras dure su misión profética; tienen también poder para convertir las aguas en sangre y castigar la tierra con toda clase de plagas siempre que quieran.

Cuando hayan concluido su misión, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.

Y sus cadáveres yacerán en las plazas de la Gran Ciudad, que se llama místicamente Sodoma o Egipto, donde así mismo el señor fue crucificado.

Y durante tres días y medio, gente de todos los pueblos, razas, lenguas y naciones contemplan sus cadáveres, pues no está permitido sepultarlos.

Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por ello, y se intercambian regalos, porque estos dos profetas eran para ellos un tormento.

Pero pasados los tres días y medio, un espíritu de vida procedente de Dios entró en ellos; se pusieron de pie, lo que provocó gran espanto entre los mirones.

Entonces una voz poderosa les gritó desde el cielo:

«Suban.» Y subieron al cielo en medio de la nube, a la vista de sus enemigos.

En ese momento se produjo un violento terremoto y se derrumbó la décima parte de la ciudad, pereciendo en el cataclismo siete mil personas.

Los superánimales se llenaron de espanto y reconocieron al Dios del cielo.

Continuó la visión. Apareció una nube blanca, y sentado sobre la nube, uno como Hijo de Hombre, que llevaba una corona de oro en la cabeza y una hoz afilada en la mano.

Salió del santuario otro ángel clamando con potente voz al que estaba sentado en la nube: «Mete tu hoz y cosecha, porque ha llegado el tiempo de cosechar y la cosecha de la tierra está en su punto.»

Y el que estaba sentado en la nube lanzó su hoz a la tierra, y la tierra fue segada.

Entonces un ángel, que también llevaba una hoz afilada, salió del santuario celeste.

Otro ángel, el que está encargado del fuego, salió del altar y gritó al que llevaba la hoz afilada:

«Mete tu hoz afilada y cosecha los racimos de la viña de la tierra, porque ya están bien maduros.»

Entonces el ángel metió la hoz e hizo la vendimia, echando todos los racimos de uva en el gran lagar de la cólera de Dios.

Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar brotó tanta sangre que llegó hasta la altura de los frenos de los caballos, en una extensión de mil seiscientos estadios.

Vi entonces en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro en forma de rollo escrito por los dos lados, el cual se encontraba sellado con siete sellos.

Al mismo tiempo vi también a un ángel formidable, fuerte y poderoso que proclamaba con voz potente:

«¿Quién es digno de abrir el libro y de romper los sellos?»

Y no se encontró a nadie, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en el mundo de abajo que fuera capaz de abrir el libro, romper sus sellos y de leerlo.

Yo lloraba mucho al ver que nadie había sido hallado digno de abrir el libro rompiendo sus sellos y leerlo.

Entonces uno de los ancianos me dijo:

«No llores más; acaba de triunfar el león de la tribu de Judá, el brote de David; él abrirá el libro, romperá sus siete sellos y lo leerá.»

Entonces vi que en el medio del trono donde estaban los cuatro animales y los veinticuatro ancianos, había un Cordero que estaba de pie, a pesar de haber sido inmolado o sacrificado.

El cordero tenía siete cuernos, lo cual es un poder inmenso, y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra.

El Cordero se adelantó y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono.

Cuando lo tomó, los cuatro animales se postraron ante el Cordero, lo mismo hicieron los veinticuatro ancianos que rodeaban el trono y que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

Y cantaban un cántico nuevo:

Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre nos has rescatado para Dios de toda raza, lengua, pueblo y nación, con lo cual nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos en la tierra hasta que después reinemos contigo en el cielo.

Yo seguía mirando, y oí el clamor de una multitud de ángeles que estaban alrededor del trono, de los cuatro animales y de los Ancianos.

Eran millones, centenares de millones que gritaban a toda voz:

Digno es el Cordero inmolado de recibir poder y riqueza, sabiduría y fuerza, honor, gloria y alabanza.

Y les respondían todas las criaturas del cielo, de la tierra, del mar y del mundo de abajo. Oí que decían:

Al que está sentado en el trono y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Y los cuatro animales decían Amén, mientras los veinticuatro ancianos se postraban y adoraban a aquel que vive por los siglos de los siglos.

CAPITULO XIII:

Vi pues, como el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí al primero de los cuatro animales que gritaba como con voz de trueno:

«Ven.»

Se presentó un caballo verdoso.

Al que lo montaba lo llamaban Muerte, y detrás de él iba otro:

El Mundo del Abismo.

Se le dio poder para exterminar a la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, el hambre, la peste y las fieras.

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo animal gritar:

«Ven.»

Salió entonces otro caballo de color rojo fuego.

Al que lo montaba se le concedió poder para desterrar la paz de la tierra, y de hacer que los hombres se mataran unos a otros y se le dio una gran espada.

Cuando abrió el tercer sello, oí gritar al tercer animal:

«Ven.»

Está vez el caballo era negro y el que lo montaba tenía una balanza en la mano.

Entonces se escuchó una voz de en medio de los cuatro animales que decía:

«Una medida de trigo por una moneda de plata; tres medidas de cebada por una moneda también; ya no gastes el aceite y el vino.»

Cuando abrió el cuarto sello, oí el grito del cuarto animal que decía:

«Ven.»

Apareció un caballo blanco, el que lo montaba tenía un arco.

Le dieron una corona, y partió como vencedor y para vencer.

Cuando abrió el quinto sello, divisé debajo del altar las almas de los que fueron degollados a causa de la palabra de Dios y de ratificar su testimonio.

Se pusieron a gritar con voz muy fuerte:

«Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar para hacer justicia y tomar venganza por nuestra sangre con los que habitan en la tierra?»

Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperaran todavía un poco, hasta que se completara el número de sus hermanos y compañeros de servicio que iban a ser martirizados como ellos.

Y mi visión continuó.

Cuando el Cordero abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; el sol se puso negro como vestido de luto, la luna entera se tiñó como de sangre, y las estrellas del cielo cayeron a la tierra como una higuera deja caer sus higos verdes al ser agitada por el huracán.

El cielo se replegó como un pergamino que se enrolla y no quedó cordillera o continente que no fueran arrancados de su lugar.

Los reyes de la tierra, los ministros, los generales, los ricos, los poderosos y toda la gente, tanto esclavos como hombres libres, se escondieron en las cavernas y entre las rocas de los cerros, y decían:

«Caigan sobre nosotros, cerros y rocas, y ocúltennos del que se sienta en el trono y de la cólera del Cordero, porque ha llegado el gran día de su enojo, y ¿quién lo podrá aguantar?»

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se produjo en el Cielo un silencio como de media hora.

CAPITULO XIV:

Vi luego en el cielo otra señal grande y maravillosa:

Siete ángeles que llevaban siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma la cólera de Dios.

Vi también como un mar de cristal destellante, y a los vencedores de la bestia, de su imagen y de la cifra de su nombre, que se colocaban sobre el mar de cristal, llevando las arpas celestiales en sus manos.

Estos cantan el cántico de Moisés, servidor de Dios, y el cántico del Cordero:

Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios, Todopoderoso.

Justicia y verdad guían tus pasos, oh Rey de las naciones.

¿Quién no dará honor y gloria a tu Nombre, oh Señor? Tú solo eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque tus fallos se han dado a conocer.

Después se abrió el Santuario de la Tienda del Testimonio y salieron del Santuario los siete ángeles portadores de las siete plagas, vestidos de lino puro resplandeciente y ceñido su pecho con cinturones de oro.

Uno de los cuatro animales entregó a los siete ángeles siete copas de oro llenas del furor de Dios, que vive por siglos sin fin.

Entonces el Santuario se llenó de humo por estar allí la gloria de Dios y su poder, de modo que nadie podía entrar en él hasta que se consumaran las siete plagas de los siete ángeles.

Y oí una gran voz del templo, que decía á los siete ángeles: Id, y derramad las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra.

Y fue el primero, y derramó su copa sobre la tierra; y vino una plaga mala y dañosa sobre los hombres que tenían la señal de la bestia, y sobre los que adoraban su imagen.

Y el segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y se convirtió en sangre como de un muerto; y toda alma viviente fue muerta en el mar.

Y el tercer ángel derramó su copa sobre los ríos, y sobre las fuentes de las aguas, y se convirtieron en sangre.

Y oí al ángel de las aguas, que decía: Justo eres tú, oh Señor, que eres y que eras, el Santo, porque has juzgado estás cosas:

Porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas, también tú les has dado á beber sangre; pues lo merecen.

Y oí á otro del altar, que decía: Ciertamente, Señor Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos.

Y el cuarto ángel derramó su copa sobre el sol; y le fue dado quemar á los hombres con fuego.

Y los hombres se quemaron con el grande calor, y blasfemaron el nombre de Dios, que tiene potestad sobre estas plagas, y no se arrepintieron para darle gloria.

Y el quinto ángel derramó su copa sobre la silla de la bestia; y su reino se hizo tenebroso, y se mordían sus lenguas de dolor.

Y blasfemaron del Dios del cielo por sus dolores, y por sus plagas, y no se arrepintieron de sus obras.

Y el sexto ángel derramó su copa sobre el gran río Eúfrates; y el agua de él se secó, para que fuese preparado el camino de los reyes del Oriente.

Y el séptimo ángel derramó su copa por el aire; y salió una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está.

Entonces fueron hechos relámpagos y voces y truenos; y hubo un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra.

Y la ciudad grande fue partida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron; y la grande Babilonia vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino del furor de su ira.

Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.

Y cayó del cielo sobre los hombres un grande granizo como del peso de un talento: y los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del granizo; porque su plaga fue muy grande.

CAPITULO XV:

Entonces vino uno de los siete ángeles de las siete copas y me dijo:

«Ven, que te voy a mostrar el juicio de la famosa prostituta que se sienta al borde de las grandes aguas; con ella pecaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se emborracharon con el vino de su idolatría.»

El ángel me llevó en espíritu al desierto:

Era una nueva visión.

Había allí una mujer sentada sobre una bestia de color rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos.

Está bestia estaba cubierta de títulos y frases que ofendían a Dios.

La mujer vestía ropas de púrpura y escarlata, y resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas.

Tenía en la mano una copa de oro llena de cosas repugnantes, que eran las impurezas y la lujuria de la tierra entera.

En su frente se podía leer su nombre, escrito en forma cifrada: Babilonia la Grande, la madre de las prostitutas y de los abominables ídolos del mundo entero.

Y observé que la mujer se había embriagado con la sangre de los santos y de los mártires de Jesús.

Está visión me dejó muy sorprendido, pero el ángel me dijo:

«¿Por qué te maravillas? Voy a explicarte el misterio de esta mujer y de la bestia que la lleva, la de las siete cabezas y los diez cuernos.

La bestia que has visto era, pero ya no es.

Sube del abismo, pero camina hacia su perdición.

Los habitantes de la tierra, cuyo nombre no fue escrito en el libro de la vida desde la creación del mundo, se asombrarán al descubrir que la bestia era, pero ya no es y pasa pronto.

A ver si ustedes lo adivinan.

Las siete cabezas son siete colinas sobre las que la mujer está asentada.

Y son también siete reyes, de los cuales cinco han caído ya, uno está en el poder y el otro no ha llegado aún, y cuando llegue, habrá de durar poco tiempo.

La bestia que era y ya no es, hace el octavo, pero es uno de los siete, y camina hacia su destrucción.

Los diez cuernos son diez reyes que todavía no han recibido el reino, pero tendrán poder por una hora junto a la bestia.

Persiguen todos una sola meta, y pondrán su autoridad y sus fuerzas al servicio de la bestia.

Harán la guerra al Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes, y con él vencerán los suyos, los llamados y elegidos y que se mantienen fieles.»

El ángel prosiguió: «Las aguas que has visto, a cuyo borde está sentada la prostituta, representan pueblos, multitudes y naciones de todos los idiomas.

Los diez cuernos y la misma bestia planearán maldades contra la prostituta, la arruinarán y la dejarán desnuda, comerán sus carnes y la consumirán por el fuego.

Porque Dios se vale de ellos para ejecutar su plan, y les ha inspirado la misma intención de poner sus fuerzas al servicio de la bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios.

Esa mujer que has visto es la Gran Ciudad, la que reina sobre los reyes del mundo entero.»

Entonces un ángel poderoso tomó una piedra, tan enorme como una piedra de molino, y la arrojó al mar, diciendo:

«Así, con igual violencia, será arrojada Babilonia, la Gran Ciudad, y no se volverá a ver más.

Nunca más se oirán en ti arpas y cítaras, flautas y trompetas; no trabajarán más en ti artesanos de ningún arte; no se oirá más en ti ruido de molino, ni brillará luz de lámpara; no se oirán más en ti los cantos del novio y de la novia.

Porque tus comerciantes eran los magnates de la tierra, y con tus hechicerías se extraviaron las naciones.

En esta ciudad fue hallada sangre de profetas y santos, y de todos los que fueron degollados en la tierra.»

CAPITULO XVI:

Vi el cielo abierto y apareció un caballo blanco.

El que lo monta se llama «Fiel» y «Veraz».

Es el que juzga y lucha con justicia.

Sus ojos son llamas de fuego, tenía en la cabeza muchas coronas, y lleva escrito un nombre que sólo él entiende.

Y vestía un manto empapado de sangre y su nombre es: La Palabra de Dios.

Lo siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, vestidos con ropas de lino de radiante blancura.

De su boca sale una espada afilada, para herir con ella a las naciones; él las gobernará con vara de hierro; él mismo pisará el lagar del vino de la ardiente cólera de Dios, el Todopoderoso.

En el manto y en el muslo lleva escrito este título:

«Rey de reyes y Señor de señores.»

Vi luego a un ángel parado sobre el sol que gritó con voz potente a todas las aves que volaban por el cielo:

«Vengan acá, reúnanse para el gran banquete de Dios.

Vengan y devoren carne de reyes, de generales, de hombres valientes; devoren al caballo con su jinete, a hombres libres y esclavos, a pequeños y grandes.»

Y oí el ruido de una multitud inmensa, como el ruido del estruendo de las olas, como el fragor de fuertes truenos.

Y decían: Aleluya.

Ahora reina el Señor Dios, el Todopoderoso.

Alegrémonos, regocijémonos, démosle honor y gloria, porque han llegado las bodas del Cordero.

Su esposa se ha engalanado, la han vestido de lino fino deslumbrante de blancura.

Está tela finísima de lino son las virtudes de los santos.
Después el ángel me dijo:

«Escribe:

Felices los que han sido invitados al banquete de la boda del Cordero.

» Y añadió:

«Estás son palabras verdaderas de Dios.»

Caí a sus pies para adorarlo, pero él me dijo:

«No lo hagas, yo no soy más que un servidor como tú y como tus hermanos que transmiten las declaraciones de Jesús.

Sólo debes adorar a Dios.

Porque el espíritu de Profecía que hay en ti es el testimonio de Jesús.»

CAPITULO XVII:

Después de esto, vi cuatro ángeles que estaban sobre los cuatro ángulos o puntos de la tierra, que sujetaban a los cuatro vientos de la tierra para que no soplaran sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre los árboles.

Luego, vi a otro ángel que subía desde el oriente y tenía la marca o sello del Dios vivo, el cual gritó con voz poderosa a los cuatro ángeles encargados para causar daño a la tierra y al mar:

«No hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.»

Entonces oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de los hijos de Israel:

De la tribu de Judá: doce mil marcados.

De la tribu de Rubén: doce mil marcados.

De la tribu de Gad: doce mil marcados.

De la tribu de Aser: doce mil marcados.

De la tribu de Neftalí:
doce mil marcados.

De la tribu de Manasés: doce mil marcados.

De la tribu de Simeón: doce mil marcados.

De la tribu de Leví: doce mil marcados.

De la tribu de Isacar: doce mil marcados.

De la tribu de Zabulón: doce mil marcados.

De la tribu de José: doce mil marcados.

De la tribu de Benjamín: doce mil marcados.

Después de esto vi un gentío inmenso imposible de contar, de toda nación y raza, pueblo y lengua, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, y gritaban con voz poderosa:

« ¿Quién salva fuera de nuestro Dios que se sienta en el trono, y del Cordero?»

Todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro animales; se postraron ante el trono rostro en tierra y adoraron a Dios, diciendo:

¡Amén! Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me preguntó:

«Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde vienen?»

Yo contesté:

¿Señor, tú lo sabes?.

El Anciano me contestó:

«Esos son los que vienen de la gran persecución; han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero.

Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche en su templo; el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos; ya no sufrirán más hambre, ni sed, ni se verán agobiados por el sol ni por viento abrasador alguno, porque el Cordero que está junto al trono será su pastor y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida, y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.»

CAPITULO XVIII:

Vi entonces a la bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para combatir contra el que iba montado en el caballo blanco y contra su ejército.

Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos á manera de ranas:

Porque son espíritus de demonios, que hacen señales, para ir a los reyes de la tierra y de todo el mundo, para congregarlos para la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso.

Y los congregó en el lugar que en hebreo se llama Armagedon.

Pero la bestia fue capturada y con ella el falso profeta que había realizado maravillas al servicio de la bestia, engañando con ellas a los que habían aceptado la marca de la bestia y a los que adoraban su estatua.

Los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre.

Todos los demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de su carne.

Y vi un ángel descender del cielo que tenía la llave del abismo, y una gran cadena en su mano.

Y prendió al dragón, aquella serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y le ató por mil años.

Y los arrojó al abismo, y les encerró, y puso selló sobre el abismo, para que no engañen más á las naciones, hasta que mil años sean cumplidos:

Y después de esto es necesario que sea desatado un poco de tiempo.

Tuve otra visión:

El Cordero estaba de pie sobre el monte de Sión y lo rodeaban ciento cuarenta y cuatro mil personas que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre.

Y al mismo tiempo oí un ruido que retumbaba en el cielo parecido al estruendo de las olas o al fragor del trueno: era como un coro de cantores que se acompañan tocando sus arpas.

Y cantaban como un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro animales y de los Ancianos.

Y nadie podía aprender aquel canto, a excepción de los ciento cuarenta y cuatro mil que han sido rescatados de la tierra.

Estos son los que no se mancharon con mujeres:

Porque son vírgenes.

Estos siguen al Cordero adondequiera que vaya; estos son como primicias para Dios, pues han sido rescatados de entre los hombres para él (Dios) y el Cordero.

En su boca no se encontró mentira: pues son intachables.

Luego vi unos tronos, y varios personajes que se sentaron en ellos, y les fue dada potestad de juzgar y de hacer juicio; y vi las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y que no habían adorado la bestia, ni á su imagen, y que no recibieron la señal en sus frentes, ni en sus manos, y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Mas los otros muertos no tornaron á vivir hasta que sean cumplidos mil años.

Esta es la primera resurrección.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad en éstos, que es la eterna de los réprobos, no tendrá poderío; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.

CAPITULO XIX:

Y cuando los mil años fueren cumplidos, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá para engañar a las naciones que están sobre los cuatro ángulos de la tierra.

A Gog y a Magog los juntará a fin de dar batalla, cuyo número es como la arena del mar.

Y se extendieron sobre toda la tierra, y cercaron los reales o campamentos de los santos, y la ciudad amada.

Y Dios descendió fuego del cielo, y los devoró.

Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, al igual que Satanás y el falso profeta; donde serán atormentados día y noche para siempre jamás.

Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo; y no fue hallado el lugar de ellos.

Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos: y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos; y fue hecho juicio de cada uno según sus obras.

Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego.

Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado en el lago de fuego.

Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar no existe ya.

Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia que se adorna para recibir a su esposo.

Y oí una voz que clamaba desde el trono:

«Está es la morada de Dios con los hombres; él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será Dios con ellos; él enjugará las lágrimas de sus ojos.

Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado.»

Y el que está sentado en el trono dijo:

«Ahora todo lo hago nuevo».

Luego me dijo:

«Escribe que estás palabras son ciertas y verdaderas.

» Y añadió:

«Ya está hecho; yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.

Al que tenga sed yo le daré de beber gratuitamente del manantial del agua de la vida.

Esa será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí.

Pero para los cobardes, los renegados, los corrompidos, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras, para todos los falsos, su lugar y su parte será el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda y eterna.»

CAPITULO XX:

Se acercó a mí uno de los siete ángeles de las siete copas llenas de las siete últimas plagas y me dijo:

«Ven, que te voy a mostrar a la novia, a la esposa del Cordero.»

Me trasladó en espíritu a un cerro muy grande y elevado y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo de junto a Dios, envuelta en la gloria de Dios.

Resplandecía como piedra muy preciosa, con el color del jaspe cristalino.

Tenía una muralla grande y alta con doce puertas, y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son los nombres de las doce tribus de los hijos de Israel.

Tres puertas dan al oriente y otras tres miran al norte; tres puertas al mediodía y otras tres al poniente.

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero.

El ángel que me hablaba tenía una caña de medir de oro, para medir la ciudad, las puertas y la muralla.

La ciudad es un cuadrado: su longitud es igual a su anchura.

Midió la ciudad con la caña, y tenía doce mil estadios.

Su longitud, anchura y altura son iguales.

Midió después la muralla, y tenía ciento cuarenta y cuatro codos de altura.

El ángel usaba las mismas medidas que nosotros.

La muralla está hecha con jaspe y la ciudad es de oro puro, como cristal.

Las bases de la muralla de la ciudad están adornadas con toda clase de piedras preciosas: la primera base es de jaspe; la segunda, es de zafiro; la tercera, de calcedonia; la cuarta de esmeralda; la quinta, de sardónica; la sexta, de sardio; la séptima, de crisolito; la octava, de berilio; la novena, de topacio; la décima, de crisoprasa; la undécima, de jacinto; la duodécima, de amatista.

Las doce puertas son doce perlas, cada puerta está hecha de una sola perla.

La plaza de la ciudad está pavimentada con oro refinado, transparente como cristal.

No vi templo alguno en la ciudad, porque su templo es el Señor Dios, el Todopoderoso, y el Cordero.

La ciudad no necesita luz del sol ni de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

A su luz andarán las gentes, y los reyes de la tierra llevarán a ella su gloria y majestad.

No habrá que cerrar sus puertas al fin del día, ya que allí no habrá noche.

Traerán a ella las riquezas y el esplendor de las naciones.

Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad, ni los que dicen mentiras; sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.

CAPITULO XXI:

Después el ángel me mostró el río de agua de la vida, transparente como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero.

En medio de la ciudad, a uno y otro lado del río, hay árboles de la vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes, y sus hojas sirven de medicina para las naciones.

No habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad, y sus servidores le rendirán culto.

Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche.

No necesitarán luz de lámpara ni luz del sol, porque Dios mismo será su luz, y reinarán por los siglos para siempre.
Después me dijo el ángel:

«Estás palabras son ciertas y verdaderas.

El Señor, que es Dios de los profetas y sus espíritus, ha enviado a su ángel para que muestre a sus servidores lo que ha de suceder pronto.

Y voy a llegar pronto. Feliz el que guarda las palabras proféticas de este libro.»

Yo, Juan, vi y oí todo esto. Al terminar las palabras y las visiones, caí a los pies del ángel que me había mostrado todo esto, para adorarlo, pero me dijo:

«No lo hagas, yo soy un servidor como tú y tus hermanos los profetas, y como todos los que escuchan las palabras de este libro. A Dios tienes que adorar.»

También me dijo: «No pongas en lenguaje cifrado los mensajes proféticos de este libro, porque el tiempo está cerca.

Que el pecador siga pecando y el manchado siga ensuciándose, que el bueno siga practicando el bien y el santo creciendo en santidad.

Voy a llegar pronto y llevo conmigo el salario para dar a cada uno conforme a su trabajo.

He aquí, yo vengo como ladrón.

Bienaventurado el que vela, y guarda sus vestiduras, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.

CAPITULO XXII:

Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin.

Felices los que lavan sus ropas, porque así tendrán acceso al árbol de la vida, y se les abrirán las puertas de la ciudad.

Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras y todos los que aman y practican la mentira.

Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para decirles lo que se refiere a las Iglesias.

Yo soy el Brote y el Descendiente de David, la estrella radiante de la mañana.»

El Espíritu y la Esposa dicen:

«¡Ven!»

Que el que escucha diga también:

«¡Ven!»

El que tenga sed, que se acerque, y el que lo desee, reciba gratuitamente el agua de la vida.

Yo, por mi parte, advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro:

«Si alguno se atreve a añadir algo, Dios echará sobre él todas las plagas descritas en este libro.

Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la Ciudad Santa descritos en este libro.»

El que da fe de estás palabras dice: «Sí, vengo pronto.» Amén. Ven, Señor Jesús.

Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas, dice el Señor Dios, aquel que es, y que era, y que ha de venir, el Todopoderoso.

Y de parte de Cristo Jesús, el testigo fiel, el primogénito, el primero que resucitó de entre los muertos, el rey de los reyes de la tierra, el cual nos amó y nos lavó de los pecados con su sangre, y por su sangre os ha purificado de sus pecados, haciendo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre.

A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Amén.

Miren que viene sentado entre las nubes del cielo; lo verán todos, incluso los que lo hirieron y lo clavaron en la cruz.

Y todas las naciones de la tierra se herirán los pechos al verle.

Sí, así será.

Bienaventurado el que lee con respeto y felices quienes escuchen y hacen caso de este mensaje, porque el tiempo está cerca.

Que la gracia del Señor Jesús esté con todos.

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PROFECÍA DE JESUCRISTO

SERMÓN DEL MONTE DE LOS OLIVOS

MATEO, CAPITULO 24:

Y sentado él en El Monte de los Olivos, llegaron a él los discípulos aparte diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estás cosas, y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?

Y respondiendo Jesús, les dijo: Miren, que nadie los engañe.

Y oirán hablar de guerras, y rumores de guerras: mirad no se alarmen, porque es menester que todo esto acontezca, mas no es todavía el fin.

Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino, y habrá pestilencias, y hambres, y terremotos en diversos lugares, más todo esto es solo principio de dolores.

Entonces los entregarán para ser afligidos, y los matarán, y serán aborrecidos por todas las gentes por causa de mi nombre.

Muchos entonces serán escandalizados, y unos a otros se harán traición y se aborrecerán.

Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, por testimonio a todos los Gentiles, y entonces vendrá el fin.

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APOCALIPSIS:

Apocalipsis.Cap.XI.[3] Yo enviaré a mis dos testigos vestidos con ropa de penitencia, para que proclamen mi palabra durante mil doscientos sesenta días.

Apocalipsis.Cap.XI.[4] Estos son los dos olivos y dos candeleros que están ante el Dueño de la tierra.

Apocalipsis.Cap.XI.[5] Si alguien intenta hacerles mal, saldrá de su boca fuego y devorará a sus enemigos; así perecerá el que intente maltratarlos.»

Apocalipsis.Cap.XI.[6] Tienen poder para cerrar el cielo y que no caiga lluvia mientras dure su misión profética; tienen también poder para convertir las aguas en sangre y castigar la tierra con toda clase de plagas siempre que quieran.

Apocalipsis.Cap.XI.[7] Cuando hayan concluido su misión, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará.

Apocalipsis.Cap.XI.[8] Y sus cadáveres yacerán en las plazas de la Gran Ciudad, que se llama místicamente Sodoma o Egipto, donde así mismo el señor fue crucificado.

Apocalipsis.Cap.XI.[9] Y durante tres días y medio, gente de todos los pueblos, razas, lenguas y naciones contemplan sus cadáveres, pues no está permitido sepultarlos.

Apocalipsis.Cap.XI.[10] Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por ello, y se intercambian regalos, porque estos dos profetas eran para ellos un tormento.

Apocalipsis.Cap.XI.[11] Pero pasados los tres días y medio, un espíritu de vida procedente de Dios entró en ellos; se pusieron de pie, lo que provocó gran espanto entre los mirones.

Apocalipsis.Cap.XI.[12] Entonces una voz poderosa les gritó desde el cielo: «Suban.» Y subieron al cielo en medio de la nube, a la vista de sus enemigos.

Apocalipsis.Cap.XI.[13] En ese momento se produjo un violento terremoto y se derrumbó la décima parte de la ciudad, pereciendo en el cataclismo siete mil personas.